La otra pandemia: por qué estamos perdiendo visión sin darnos cuenta
Ainhoa de Federico es doctora, profesora e investigadora en la Universidad de Toulouse (Francia). Cofundadora y antigua directora del Máster de Educación en Salud e Intervención Social donde ha enseñado su Método Volver a Ver Claro por años y, actualmente, directora del primer Di

Imagen editorial · PulsoSalud.
Por la doctora Ainhoa de Federico
(https://volveraverclaro.com/)
Perfil:
Ainhoa de Federico es doctora, profesora e investigadora en la Universidad de Toulouse (Francia). Cofundadora y antigua directora del Máster de Educación en Salud e Intervención Social donde ha enseñado su Método Volver a Ver Claro por años y, actualmente, directora del primer Diplomado Universitario del mundo para formar a Coaches Visuales: los profesionales de la visión natural y del Centro Internacional de Coaching Visual en la Universidad Internacional en Desarrollo Humano y Liderazgo (México). Autora bestseller a nivel internacional.
La otra pandemia: por qué estamos perdiendo visión sin darnos cuenta
No hace ruido, no mata, no colapsa urgencias y, sin embargo, afecta a miles de millones: la visión se deteriora en silencio. La miopía crece en todo el mundo, la vida digital acelera la fatiga visual y, sin embargo, con sencillos buenos hábitos y educación visual, podemos cambiar la trayectoria.
Hay pandemias que llegan con sirenas, alarmas y titulares. Y otras que entran por la puerta de atrás, en silencio, instalándose en lo cotidiano: en la pantalla del móvil que se acerca cada vez más o los brazos demasiado cortos para “ver”, en el niño que guiña para leer la pizarra, en la sensación de “arena” en los ojos al final del día, en la pérdida de capacidad de ver que se instala con el tiempo y a la que nos resignamos presuponiendo que es genética o “por la edad”.
No es una metáfora exagerada. La Organización Mundial de la Salud ya decía en octubre del 2019 que un tercio de la población mundial, al menos 2.2 mil millones de personas viven con algún tipo de discapacidad visual de cerca o de lejos, a pesar de que en el 80 % de los casos son prevenibles o curables. Cuando algo impacta a tal escala –y además es, en buena parte, evitable o tratable– estamos ante un desafío de salud pública, aunque no se hable de ello en la sobremesa.
Y dentro de esa gran fotografía hay un dato que debería encender todas las alarmas educativas y sanitarias: la miopía avanza con una rapidez inédita. El mismo informe de la OMS decía en 2019 que, si la tendencia continúa, hacia 2050 alrededor de la mitad del mundo podría ser miope y cerca de uno de cada 10 podría tener miopía alta, que conlleva más riesgo de complicaciones oculares en la vida adulta. No es solo “necesitar gafas”. Es la posibilidad de que aumenten problemas asociados: cataratas, glaucoma, degeneración macular –con los consiguientes riesgos de ceguera– y, sobre todo, el hecho de que millones de niños comiencen a ver peor cada vez más pronto.
Desde el 2020, con los confinamientos y la pandemia esas proyecciones se dispararon y hay investigaciones que afirman que la mitad del mundo podría tener miopía ya en 2030. En varios países asiáticos la miopía ya afecta al 80 % de la población y en algunas ciudades al 95 %.
Sabiendo que en 1920 la prevalencia de miopía era de 5 % el deterioro tan dramático de la vista en todo el mundo en 100 años no se puede explicar por genética, pero sí por cambios en los hábitos y el estilo de vida.
La gran paradoja es que esta pandemia se confunde con la normalidad. Nos acostumbramos a forzar la vista, nos ponemos gafas, nos operamos. Normalizamos el cansancio ocular, pero olvidamos que los ojos son parte del sistema nervioso, parte de nuestra manera de estar en el mundo. Ver no es un lujo: es aprendizaje, seguridad, autonomía, vínculo.
Nos lavamos los dientes cada día, pero no hacemos nada por cuidar de nuestros ojos, cuando sabemos desde hace más de un siglo que “ver es un arte que se puede aprender y enseñar” (Aldous Huxley).
Qué cambió en estos años (y por qué importa en LATAM)
La aceleración digital y la difusión de las luces led no comenzaron ayer, pero sí se volvieron masivas. Y la pandemia de COVID-19, con sus confinamientos y cambios de hábitos, funcionó como un “amplificador”: más trabajo y escuela en interiores, más pantallas, menos distancia visual, menos tiempo al aire libre, menos movimiento, más estrés, menos interacción. La literatura científica ha descrito aumentos de miopía en población infantil durante periodos de confinamiento y educación en casa, con señales preocupantes en edades tempranas. Esto no es genética, no es inevitable, son hábitos y estilo de vida.
En América Latina, además, se suman factores estructurales: desigualdad de acceso a revisiones, seguimiento y educación preventiva. Y eso conecta con el dato más duro: buena parte del problema no es “misterioso”, sino falta de atención y de educación visual, justo lo que la OMS subraya cuando habla de casos prevenibles o aún no abordados. Y eso a pesar de la presencia de la Educación Visual en Argentina desde hace más de 15 años y de la creación en México del primer programa universitario del mundo para la profesión de Coach Visual.
Hay medidas simples que funcionan
Cuando hablamos de salud visual, a veces pensamos en soluciones complejas. Y claro que existen tratamientos clínicos necesarios en muchos casos. Pero también existe una capa previa –la de los hábitos– que puede cambiar el rumbo, especialmente en niños y adolescentes, y aliviar síntomas en adultos.
La mejor cirugía es la que no es necesaria y si ponemos atención en cuidar de nuestros ojos –como hacemos con nuestros dientes además de ir al dentista– y adoptamos los hábitos que nos permiten mejorar nuestra visión naturalmente, podemos recuperar y mantener una visión óptima para toda la vida.
Fue en el periodo de entreguerras mundiales cuando 7000 soldados que habían aprendido la disciplina de lavarse los dientes comenzaron, sin saberlo, un movimiento social global de cambio de hábitos sanitarios, enseñando primero a sus familias. Cuando el movimiento silencioso alcanzó los 20 millones de personas que cuidaban de sus dientes de manera cotidiana, comenzaron las políticas públicas masivas que hacen que seguramente hoy en día te lavas los dientes tres veces al día, uses hilo dental y te enjuagues la boca. Además de ir a las revisiones del dentista, por supuesto.
Si colectivamente aprendemos, divulgamos y adoptamos los hábitos necesarios para tener unos ojos saludables y una visión clara, participaremos en resolver el problema de salud pública, disfrutando de mayor calidad de vida, generando un mayor ahorro social para las familias y los sistemas sanitarios de nuestros países y cooperando con la labor de los profesionales de la salud.
Algunos de los hábitos necesarios para una buena visión
1. Más luz natural y más tiempo al aire libre. Uno de los hallazgos más consistentes en investigación sobre miopía es que incrementar el tiempo en exteriores reduce el riesgo de aparición de miopía en la infancia. Un ensayo publicado en JAMA (Journal of the American Medical Association) mostró que añadir tiempo de actividad al aire libre en la escuela redujo la incidencia de miopía a lo largo de los años de seguimiento. Revisiones y metaanálisis también respaldan el efecto protector del tiempo al aire libre frente al inicio de miopía. No es un mensaje “anti-tecnología”; es un recordatorio biológico: el ojo humano –y el cerebro– se regulan mejor con distancia, variación y luz natural. Aprovecha estar al aire libre –ojalá en varios momentos del día– para hacer asoleo, jugar con pelotas, mover tu cuerpo, mirar al cielo, jugar al “veo veo”, son cosas sencillas, agradables y divertidas que cuidan tu visión y la de los tuyos.
2. Descansos visuales inteligentes en la vida digital. La fatiga visual digital (sequedad, visión borrosa, dolor de cabeza, sensación de tensión) se ha vuelto común. La American Optometric Association popularizó una pauta sencilla: la regla 20-20-20 (cada 20 minutos, mirar 20 segundos a unos 20 pies/6 metros) como estrategia para reducir el sobreesfuerzo y favorecer el parpadeo. Aprovecha tu pausa de la pantalla para abrir las ventanas, mirar de lejos, respirar, parpadear, estirarte y mover tu cuerpo. Son gestos pequeños, sí. Pero las pequeñas cosas, repetidas, cambian cuerpos y rutinas.
3. ¿Qué es lo que me cuesta ver en este momento? Más del 82 % de los síntomas visuales aparecen como un mecanismo adaptativo del organismo al entorno en momentos de la vida en que vivimos alguna situación con estrés. Los investigadores Charles Kelley y Martin Brofman mapearon el significado emocional de los síntomas visuales. Preguntarnos cuándo comenzó la dificultad visual, qué estaba pasando en nuestra vida y de qué podría pretender protegernos ese síntoma nos da una perspectiva más profunda del mensaje del síntoma y además de permitir prevenirlo o resolverlo nos hace ver la vida con más claridad, libertad, empoderamiento y felicidad.
La importancia de la educación visual (en casa, escuela y trabajo)
Si tuviera que resumir el cambio que necesitamos, lo diría así: pasar de “arreglar problemas” a fomentar la educación visual. Que en las escuelas se entienda que la luz, el descanso y el tiempo al aire libre no son “extras” sino parte del aprendizaje. Que en los trabajos se diseñen hábitos para no vivir pegados a la pantalla sin pausas y que se mejore la calidad de la luz ambiente: natural y artificial. Que en casa sepamos leer señales tempranas: acercarse demasiado al libro, entornar los ojos, evitar actividades de lejos, dolores de cabeza recurrentes, ojos secos, irritación.
Y, sobre todo, que recuperemos una idea profunda: la visión no es solo óptica. Es salud, conducta, entorno, emoción, sistema nervioso, hábitos y estilo de vida. Por eso, además de la atención clínica cuando es necesaria, cada vez más profesionales están abriendo conversaciones integradoras, uniendo prevención, educación y hábitos de vida. La profesión por excelencia que une todos estos elementos es la de Coach Visual y un coach visual trabaja en colaboración con oftalmólogos y óptometristas.
No se trata de reemplazar la perspectiva médica –sería irresponsable– u óptica –sería corto de miras–, sino para sumar conocimiento, prevención y acompañamiento. Porque si esta es una pandemia silenciosa, entonces nuestra respuesta debe ser lo contrario: una conversación pública, clara y práctica.
En esa línea nace la antología bestseller internacional Un nuevo mundo para la visión: práctica y perspectivas de la mejora natural de la vista, un libro coral, el primero en su género, que reúne perspectivas y experiencias sobre salud visual y educación de la mirada, con un objetivo sencillo: que la gente recupere herramientas, criterio y esperanza.
Esta innovadora antología –la primera y más completa publicación de su tipo– reúne a más de 40 líderes mundiales en el campo de la mejora natural de la visión de 16 países –incluyendo a optometristas, oftalmólogos, osteópatas, investigadores, psicólogos, expertos en visión holística, Educadores y Coaches Visuales, profesores universitarios, autores de bestsellers y más– para explorar enfoques transformadores y mejorar la vista de forma natural, sin gafas, lentes de contacto ni cirugía.
Cerraré con una imagen cotidiana. Imagina una ciudad al atardecer: luces encendiéndose, pantallas brillando, interiores llenos. Ahora imagina que, en medio de esa escena, cada familia añade un gesto: salir un rato al aire libre, jugar juntos con pelotas, mirar lejos, hacer pausas, estirarse, caminar, ver la puesta de sol. No parece una revolución. Pero lo es. Porque la salud pública, muchas veces, se construye así: con millones de actos pequeños que devuelven claridad, literalmente, al futuro.
Nota de seguridad editorial:
Este artículo es informativo y no sustituye la evaluación de profesionales de la salud visual. Ante síntomas persistentes, cambios en la visión o síntomas que amenacen su visión consulte con su oftalmólogo.
La pandemia silenciosa se agrava por el retraso de revisiones a tiempo: niños que compensan sin decirlo, adultos que se adaptan al desenfoque y llegan tarde a corregir. Hacer de la revisión visual algo normal –como el dentista o la analítica– es una intervención de salud pública en sí misma. La Comisión de The Lancet sobre salud ocular insiste en que la mayoría de la discapacidad visual es prevenible o tratable con intervenciones costo-efectivas, pero requieren sistemas y hábitos que lleguen a la población.
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— Dra. Ainhoa de Federico
Autoría
Dra. Ainhoa de Federico
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